Wiseman, Nicolás. Sevilla,
3.VIII.1802 – Londres (Gran Bretaña), 15.II.1865. Primer arzobispo y cardenal
de Westminster, teólogo, novelista.
Nicolás
Wiseman fue el segundo hijo del matrimonio de su padre, James (Diego como él lo
traducía al español) Wiseman y su segunda esposa, Javiera Strange, ambos
nacidos en Irlanda. Diego Wiseman emigró de Waterford para establecer en
Sevilla, junto con su hermano Patricio, una casa comercial, Wiseman and Brothers, con amplios intereses mercantiles, incluso
bancarios. Los padres de Nicolás se habían casado en Londres en 1800, donde
nació el primer hijo del matrimonio. A principios de 1802 Diego Wiseman con su
mujer y su hijo volvieron a Sevilla, donde al año siguiente nació el
biografiado. Su padre murió inesperadamente en 1805, durante la fiesta del
bautizo de su hija Francisca. La viuda y sus tres hijos se fueron a Irlanda
cuatro años más tarde, en 1809, cuando la inminencia de la ocupación francesa
puso fin a los negocios comerciales de los ingleses con peligro incluso de sus
vidas.
Después
de una breve estancia en Waterford, Nicolás y su hermano mayor James, fueron
enviados al Colegio de Ushaw para estudiar. Nicolás permaneció en Ushaw hasta
1818, después de haber decidido que quería ser sacerdote. Desde 1818 a 1840
residió en Roma, en el Venerabile Colegio Inglés, que había abierto de nuevo
sus puertas tras la ocupación de la ciudad por las tropas francesas. Fue
sucesivamente estudiante, vicerrector y rector del colegio hasta la fecha
indicada. Hizo una brillante carrera académica en Roma y en 1827 fue nombrado
catedrático de siríaco de la Universidad de Roma, la Sapienza. En sus años romanos estableció una relación muy
cordial con los sucesivos papas de ese período, Pío VII, León XII, Pío VIII y
muy particularmente con Gregorio XVI, que lo nombró en 1840 obispo coadjutor
del vicario apostólico del Distrito Central de Inglaterra. La Iglesia católica
de Inglaterra estaba entonces gobernada por cuatro vicarios apostólicos, que no
tenían la plena autoridad de obispos residenciales, sino que ejercían su
ministerio bajo el control directo de la Congregación de Propaganda Fide.
Aquellos
años fueron muy importantes en la historia eclesiástica inglesa. Por un lado la
Ley de la Emancipación Católica de 1829 devolvió a los católicos los derechos
civiles de los que estaban privados. Por otro, el Movimiento de Oxford acercó a
muchos clérigos anglicanos a la Iglesia católica al buscar las raíces
históricas del cristianismo en los primeros años de su existencia. Muchos de
ellos —J. H. Newman el más importante de todos— se hicieron católicos. Los
católicos tradicionales ingleses no veían con buenos ojos a los conversos porque
no podían olvidar los tres siglos de vejaciones y persecuciones que habían
tenido que soportar pacientemente de parte de los anglicanos. Por otro lado,
los vicarios apostólicos pedían más autonomía a Roma y eran por ello acusados
de galicanismo. Wiseman apareció en Inglaterra con un talante muy distinto:
recibía con entusiasmo a los conversos y se mostraba muy ‘romano’ en su visión
de la Iglesia, después de sus veintidós años en la Ciudad Eterna. Esta
situación le causará serios conflictos con sus hermanos en el episcopado.
En
1850, Pío XI tomó la decisión de restaurar la jerarquía católica en Inglaterra,
de manera que los antiguos distritos se convirtieron en doce diócesis más la
arzobispal de Westminster, el título que se le da a la de Londres para no crear
conflictos con los anglicanos, que siguen ocupando las antiguas sedes
católicas. Wiseman fue nombrado el primer arzobispo y cardenal. A pesar del
acercamiento de Inglaterra y la Santa Sede —entonces un Estado soberano— que se
había iniciado al entrar ésta en la coalición contra Napoleón, el Gobierno y el
pueblo inglés consideraron la restauración de la jerarquía católica como una agresión del
Papa a la soberanía inglesa. Este enfrentamiento va a marcar los primeros años
del ministerio episcopal de Wiseman en Londres, aunque el rechazo inicial se
irá suavizando con el paso del tiempo.
Por
su carácter de arzobispo primado Wiseman era el principal responsable de llevar
a la práctica la restauración de la jerarquía católica, que no va a ser una
tarea fácil. Existían diversos factores conflictivos empezando por la mayor o
menor afinidad personal de los obispos con Roma. No les resultaba fácil ponerse
de acuerdo en establecer normas comunes para todo el país, porque eran
demasiado celosos de su autonomía en el gobierno de sus respectivas diócesis.
Para Wiseman, por el contrario, la Iglesia católica en Inglaterra no podía
presentar una imagen fragmentada, como lo había estado en la etapa de los
vicarios apostólicos y era absolutamente necesario conseguir cierto nivel de
uniformidad. Pero no le era fácil tratar en plan de igualdad a los otros
obispos, normalmente más jóvenes que él e incluso a veces nombrados
prácticamente por él. Persistían las desconfianzas hacia los conversos y la
desconfianza de los obispos hacia las órdenes religiosas que querían
establecerse en Inglaterra. Estos problemas y el peso de los años afectan la
salud de Wiseman. Sus enfermedades —diabetes, problemas cardíacos agravados por
su obesidad, y otros problemas menores— aceleraron el fin de su vida y murió en
Londres a los sesenta tres años de edad.
Su entierro fue espectacular. Parece como si los londinenses se hubieran dado cuenta de la injusticia cometida con él al recibirlo con hostilidad cuando llegó a la ciudad en 1850 y quisieran hacerle un homenaje póstumo. A pesar de todas las dificultades que encontró en su camino por parte de sus correligionarios Wiseman consiguió lo que había pretendido: crear una Iglesia católica nueva, libre del sentido social de inferioridad de los viejos católicos, abierta a la sociedad inglesa, presente en el mundo de la cultura y sobre todo capaz de aprovechar las posibilidades abiertas por la emancipación. Como sucede con frecuencia, después de su muerte los obispos que tanto lo habían hecho sufrir se dieron cuenta de la importancia de su pérdida. Su amor a la cultura y su defensa de la religión católica hizo de él un activo predicador y conferenciante. Tiene en su haber libros muy importantes, entre ellos algo tan impensable en un eclesiástico de su tiempo como una novela, Fabiola o la Iglesia de las Catacumbas, traducida a los idiomas más importantes del mundo. Fue uno de los fundadores, y editor durante muchos años, de la Dublín Review, con la que hizo al catolicismo presente en el mundo editorial inglés. Visitó Sevilla durante dos meses en 1844-1845, cuando comenzaba la década moderada tras la desamortización eclesiástica, y nunca perdió el cariño hacia su ciudad natal y hacia España. Las experiencias de aquel viaje quedaron expresadas en dos espléndidos artículos para su Review.


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