Una de las calles más sombrías y donde más seres extraños se paseaban entre sombras en Sevilla. Es el trocito de calle que quedaba entre la Iglesia de San Andrés y el Convento del Pozo Santo.
Entre ambos muros, la estrechez y el retorcimiento de la calle, dejaba poco espacio para el tránsito. Dos o tres casas viejas y ruinosas junto con un caserón deshabitado desde que la Inquisición apresó a sus moradores eran los únicas construcciones que había además de los dos edificios religiosos. Y pese a haber un retablo público con una Inmaculada, junto a la que ardía una triste lámpara de aceite. Seres extraños de todo tipo no se amilanaban y campaban a sus anchas por una calle que todos evitaban de noche.
La calle, desde el punto de vista
urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la
población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la
edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de
tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las
edificaciones colindantes entre si.
La vía, en este caso una calle, debe su nombre a la estrechez del
lugar, sobre todo en el tramo final de la calle, situado en la trasera
de la iglesia de San Andrés, en cuyo muro, según González de León, hubo
en tiempos un retablo en forma de capilla dedicado a la Pura y Limpia
Concepción. Su primitivo nombre fue el de Estrecho de San Andrés (plano
de Olavide, 1771). Más tarde se conoció como Angostillo de San Andrés
(plano de Sartorius, 1848) y desde 1869, al menos, simplemente como
Angostillo.
De configuración rectilínea en su primer tramo, sirve de límite,
junto con Daoíz, a las dos plazas existentes ante el templo parroquial
de San Andrés, la de Fernando de Herrera y la de Florentino Pérez Embid,
resultado ésta última del derribo, en los años 70 de nuestro siglo, de
una gran manzana de casas (y que hoy se llaman ambas plaza de Fernando
de Herrera). La desaparición de esa manzana libró a la primera parte de
Angostillo de su estrechez tradicional y hace posible la particularidad
de que la calle se reduzca prácticamente a una sola acera con numeración
par.
La linealidad de ese tramo contrasta con la sinuosidad del segundo,
que va bordeando el ábside de la parroquia y que aparece encajonado
entre éste y los altos muros traseros del hospital del Pozo Santo. De
ahí su carácter sombrío, acentuado por la sensación de descuido y falta
de limpieza que ofrece el lugar. Por la derecha desemboca la calle Atienza.
Su pavimento es de chino lavado con cuadros de adoquines, y las
aceras aparecen también adoquinadas. El tramo final en cambio, está
asfaltado, si bien la calle es prácticamente peatonal y sirve de
aparcamiento a la altura de la plaza de Florentino Pérez Embid, a partir
de la salida del pasaje Los Azahares. Dominan los edificios de
principios del siglo XX, de tres plantas, alternando con otros más
modernos.
Destaca la casa núm. 10, del siglo XVIII, de dos plantas con un
bello patio con galerías en ambas. La calle se ilumina con farolas de
diseño decimonónico adosadas a los pares y cumple una función
residencial, aunque en el primer tramo hay algunas oficinas. El segundo
carece de viviendas y en él existió hasta hace poco una carpintería
adosada al muro del hospital. En una de la casas de Angostillo vivió el
americanista Francisco de las Barras de Aragón, y en otra el arquitecto
Fernando Barquín: "ambos deambulaban por el angostillo todos los días.
Uno, con su ancho abrigo, por cuyos bolsillos se escapaban las
papeletas con dejos del Archivo General de Indias, y otro, con su rollo
de planos bajo el brazo, escudriñando con sus potentes gafas el más
recóndito rincón de aquel bellísimo barrio".
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