miércoles, 8 de enero de 2025

AZULEJOS DE ILUSTRES: JOSÉ MARÍA BLANCO WHITE


 

José Blanco White. Sevilla, 11.VII.1775 – Liverpool (Reino Unido), 20.V.1841. Periodista, político liberal, teólogo de controversia y educador.

Hijo de Guillermo Blanco Morrogh, alias White, y de María Gertrudis Crespo y Neve, ambos sevillanos. El padre era hijo de William White, irlandés de Waterford, que emigró a Sevilla a principios del siglo XVIII para hacerse cargo de la casa comercial de su tío Philip Nangle. Para facilitar sus negocios con las colonias americanas españolizó su apellido en Blanco, aunque conservando también como un alias el original White. La madre de Blanco era de familia hidalga española, aunque escasa en medios de fortuna.

 

Como la vida de Blanco fue bastante intensa y los datos biográficos que se suelen encontrar en los libros no especializados están llenos de errores o imprecisiones, se detallan aquí las circunstancias más importantes de las dos etapas de su vida, la española y la inglesa.

 

I. Etapa española (1775-1810): José María Blanco y Crespo.

A los ocho años de edad fue enviado al escritorio comercial de la familia para que copiara la abundante correspondencia y se familiarizara con el negocio y la lengua inglesa. Ya no era el comercio original del abuelo William, que había quebrado ocho años después de su muerte. Su único hijo varón, Guillermo, educado como un gentleman, no estaba preparado para hacerse cargo del negocio. Para que no sucediera lo mismo con José María la familia tomó la decisión indicada. Tenían también la esperanza de que en el momento adecuado se casara con su prima hermana María, hija única de Thomas Cahill, que era entonces el dueño del comercio recuperado, ahora Cahill and White.

 

Fue muy dura la infancia de Blanco: odiaba el comercio al que lo habían condenado, no le permitían relacionarse ni jugar con otros niños de su edad para que no aprendiera cosas prohibidas, y su única distracción, además de la lectura, eran las lecciones de violín que le daba el tío Cahill. A los diez años se había convertido en un voraz lector, que ya no se conformaba con el Año Cristiano que había en su casa, sino que entre otros libros leyó las obras de Feijoo, que según él dice le enseñaron a pensar y a dudar, esto último confirmado por el Telémaco de Fenelón. El Quijote y las Mil y una noches fueron su primer contacto con la literatura de la imaginación.

 

Para librarse de la esclavitud del comercio y porque además tenía una viva religiosidad natural, alentada por la educación recibida a los doce años le dijo a sus padres que quería ser sacerdote. Al persistir en su idea dos años más tarde fue enviado al Colegio de Santo Tomás de Aquino para que empezara los estudios universitarios.

Después de una discusión con su profesor motivada por su lectura de Feijoo, al año siguiente (1790), dejó el colegio para seguir sus estudios en la Universidad de Sevilla. Allí estuvo hasta 1797, recibiendo sucesivamente los grados académicos en Artes y Teología. En 1797, al serle ofrecida una beca teóloga en el Colegio de Santa María de Jesús —que hasta 1775 había estado unido a la universidad—, incorporó sus estudios teológicos a la Universidad de Osuna, donde recibió el grado de licenciado.

 

Poco aprendió Blanco en las aulas universitarias porque las disciplinas que se enseñaban le parecían anticuadas, como de hecho lo eran, por lo que se limitó a aprobar los exámenes. Pero allí encontró a los que serán sus verdaderos maestros y amigos, Manuel María del Mármol y Manuel María de Arjona, y a sus compañeros Alberto Lista y Félix José Reinoso. Para ellos era Pepe Blanco. Para remediar las deficiencias de la universidad los estudiantes organizaban “academias”.

 

Reinoso fue el iniciador de la Academia Particular de Letras Humanas, es decir, de Literatura, llamada así para distinguirla de las Letras Divinas, la Teología escolástica. La Academia duró desde 1793 hasta 1801, año en que sus componentes habían dejado de ser jóvenes y tenían ya su actividad profesional. Allí fue donde Blanco escribió sus primeros versos y aprendió sus primeras nociones de Retórica.

 

El mismo año de su ingreso en la universidad Blanco recibió la “corona secular” o “tonsura” que confirmaba su opción por la profesión clerical. A finales de 1794 recibió las cuatro órdenes menores a pesar de que en el verano anterior, a sus dieciocho años, habían surgido sus primeras dudas al enamorarse por primera vez de una chica en Sanlúcar de Barrameda. La crisis se agudizó en el verano siguiente de manera que se atrevió a decirle a su madre que no quería ser sacerdote. La respuesta que recibió fue el llanto de Gertrudis y la amenaza de devolverlo al escritorio.

 

Por otro lado, sus amigos de la universidad y la academia iban por el mismo camino que él, de manera que Blanco se veía arrastrado hacia el sacerdocio por la fuerza del grupo. Sublimó sus deseos de fundar una familia con el cultivo de la literatura, y los ejercicios espirituales que hizo en el oratorio de San Felipe Neri renovaron sus naturales sentimientos religiosos. En este estado de ánimo recibió el subdiaconado en 1796, lo que significaba la pública aceptación del celibato eclesiástico.

 

La última crisis antes de su ordenación tuvo lugar en 1798, cuando era colegial de Santa María de Jesús. La vida social que empezó a tener fuera del círculo de sus amigos lo llevó a conocer y a enamorarse de una viuda joven. Los padres lo mandaron a Cádiz para apartarlo del peligro y allí se dedicó a divertirse para olvidar. Pero Blanco no era una persona que pudiera ser feliz con una vida desordenada y reanimado de nuevo con los ejercicios espirituales recibió el sacerdocio el 21 de diciembre de 1799.

 

Durante los dos primeros años del ministerio mantuvo su contacto con el oratorio de San Felipe Neri y se preparó para opositar a una prebenda eclesiástica, la de magistral de la Capilla Real de Sevilla, de la que tomó posesión el 11 de septiembre de 1801. Pero cuando empezaba a sonreírle la carrera eclesiástica le sobrevino la crisis espiritual que le llevó a irse de España y dejar la Iglesia católica. A los veintiséis años se encontró de repente afectivamente solo y sin ningún gusto por la vida. La religión no era capaz de levantarle el ánimo, aunque intentó encontrar apoyo en los escritos de Bossuet, el mejor apologista de la época. Alguien puso en sus manos algunos libros de Rousseau y de Voltaire que lo fueron apartando intelectualmente de la Iglesia.

 

Blanco señaló como comienzo de su crisis el 13 de julio de 1802, cuando predicó un sermón sobre san Fernando en la Capilla Real ante la Brigada de Carabineros. Se trata de una fecha simbólica porque aquel sermón fue sobre todo la ocasión de conocer a algunos militares que tenían sus mismas dudas religiosas. Hasta entonces su crisis no se había manifestado en palabras, pero con sus nuevos amigos salió al exterior y quedó confirmada. La muerte de su hermana mayor en un convento con sólo veinticuatro años de edad, ocurrida en 1802, y la entrada de la hermana menor en otro dos años más tarde fueron dos golpes serios que agravaron su crisis. La religión se le presentaba como la mayor enemiga de la felicidad de los hombres.

Blanco empezó a buscar una manera para salir de Sevilla e irse a un lugar donde no tuviera que ejercer el sacerdocio.

Utilizando varias excusas, entre ellas su salud, consiguió permisos para ir a Madrid y allí se estableció en 1806. Hasta que no consiguió un puesto en el Instituto Pestalozziano, fundado por Godoy, vivió muy estrechamente del escaso dinero que le podía mandar el padre. Pero se sentía feliz por haberse librado en la gran ciudad de la opresión eclesiástica que sufría en Sevilla y, según propia confesión, no pisó ninguna iglesia durante sus años en Madrid. Fue asiduo a la tertulia literaria y patriótica de Quintana, donde Bartolomé José Gallardo se escandalizaba de la vida libre e irreligiosa de aquel cura sevillano, que además buscaba vergonzosamente la protección del choricero. Poco después del Dos de Mayo se escapó Blanco de Madrid y regresó a Sevilla, tras dos años de ausencia.

 

En Sevilla Blanco tuvo que volver a su puesto de capellán real, pero era ya una persona experimentada y pragmática. Poco después de instalarse allí la Junta Central en 1809, Quintana le encomendó junto con Antillón la redacción de la segunda etapa del Semanario Patriótico, que el mismo Quintana había fundado el año anterior como órgano oficioso de la junta.

 

Blanco descubrió entonces una nueva vocación, la de periodista político, divulgador de las ideas de la Revolución Francesa. Cinco meses duró la etapa sevillana del periódico, desde mayo a septiembre, porque la junta no podía tolerar ni los artículos políticos de Blanco que propugnaban un radical cambio de régimen, ni los de Antillón que daban a conocer la desastrosa campaña militar del ejército nacional contra los franceses. Durante ese año de 1809 Blanco conoció y trabó amistad con varios ingleses que habían venido a Sevilla, entre ellos lord y lady Holland.

 

La salida de la Junta Central de Sevilla con dirección a la isla de San Fernando el 23 de enero de 1810 fue más bien una vergonzosa huida ante la inminente llegada de las tropas de José Bonaparte, de la que dicha corporación no se atrevió a anunciar al pueblo. Blanco, que no quería verse obligado a colaborar con los franceses, también se fue seis días más tarde para nunca más volver. Tras una breve estancia en Cádiz, el 23 de febrero salió camino de Inglaterra, donde esperaba vivir una vida más feliz en la que se le presentaba como cuna de la libertad.

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