Hijo de Guillermo
Blanco Morrogh, alias White, y
de María Gertrudis Crespo y Neve, ambos sevillanos. El padre era hijo de
William White, irlandés de Waterford, que emigró a Sevilla a principios del
siglo XVIII para hacerse cargo de la casa comercial de su tío Philip Nangle.
Para facilitar sus negocios con las colonias americanas españolizó su apellido
en Blanco, aunque conservando
también como un alias el original White. La
madre de Blanco era de familia hidalga española, aunque escasa en medios de
fortuna.
Como la vida de Blanco
fue bastante intensa y los datos biográficos que se suelen encontrar en los
libros no especializados están llenos de errores o imprecisiones, se detallan aquí las circunstancias más importantes de las
dos etapas de su vida, la española y la inglesa.
I. Etapa española
(1775-1810): José María Blanco y Crespo.
A los ocho años de
edad fue enviado al escritorio comercial de la familia para que copiara la
abundante correspondencia y se familiarizara con el negocio y la lengua
inglesa. Ya no era el comercio original del abuelo William, que había quebrado
ocho años después de su muerte. Su único hijo varón, Guillermo, educado como un gentleman, no estaba preparado para
hacerse cargo del negocio. Para que no sucediera lo mismo con José María la
familia tomó la decisión indicada. Tenían también la esperanza de que en el
momento adecuado se casara con su prima hermana María, hija única de Thomas
Cahill, que era entonces el dueño del comercio recuperado, ahora Cahill and White.
Fue muy dura la
infancia de Blanco: odiaba el comercio al que lo habían condenado, no le
permitían relacionarse ni jugar con otros niños de su edad para que no
aprendiera cosas prohibidas, y su única distracción, además de la lectura, eran
las lecciones de violín que le daba el tío Cahill. A los diez años se había
convertido en un voraz lector, que ya no se conformaba con el Año Cristiano que había en su casa,
sino que entre otros libros leyó las obras de Feijoo, que según él dice le
enseñaron a pensar y a dudar, esto último confirmado por el Telémaco de Fenelón. El Quijote y las Mil
y una noches fueron su primer contacto con la literatura de la
imaginación.
Para librarse de la
esclavitud del comercio y porque además tenía una viva religiosidad natural,
alentada por la educación recibida a los doce años le dijo a sus padres que
quería ser sacerdote. Al persistir en su idea dos años más tarde fue enviado al
Colegio de Santo Tomás de Aquino para que empezara los estudios universitarios.
Después de una
discusión con su profesor motivada por su lectura de Feijoo, al año siguiente
(1790), dejó el colegio para seguir sus estudios en la Universidad de Sevilla.
Allí estuvo hasta 1797, recibiendo sucesivamente los grados académicos en Artes
y Teología. En 1797, al serle ofrecida una beca teóloga en el Colegio de Santa
María de Jesús —que hasta 1775 había estado unido a la universidad—, incorporó
sus estudios teológicos a la Universidad de Osuna, donde recibió el grado de
licenciado.
Poco aprendió Blanco en las aulas universitarias porque las
disciplinas que se enseñaban le parecían anticuadas, como de hecho lo eran, por
lo que se limitó a aprobar los exámenes. Pero allí encontró a los que serán sus
verdaderos maestros y amigos, Manuel María del Mármol y Manuel María de Arjona,
y a sus compañeros Alberto Lista y Félix José Reinoso. Para ellos era Pepe
Blanco. Para remediar las deficiencias de la universidad los estudiantes
organizaban “academias”.
Reinoso fue el
iniciador de la Academia Particular de Letras Humanas, es decir, de Literatura,
llamada así para distinguirla de las Letras Divinas, la Teología escolástica.
La Academia duró desde 1793 hasta 1801, año en que sus componentes habían
dejado de ser jóvenes y tenían ya su actividad profesional. Allí fue donde
Blanco escribió sus primeros versos y aprendió sus primeras nociones de
Retórica.
El mismo año de su
ingreso en la universidad Blanco recibió la “corona secular” o “tonsura” que
confirmaba su opción por la profesión clerical. A finales de 1794 recibió las
cuatro órdenes menores a pesar de que en el verano anterior, a sus dieciocho
años, habían surgido sus primeras dudas al enamorarse por primera vez de una
chica en Sanlúcar de Barrameda. La crisis se agudizó en el verano siguiente de
manera que se atrevió a decirle a su madre que no quería ser sacerdote. La
respuesta que recibió fue el llanto de Gertrudis y la amenaza de devolverlo al
escritorio.
Por otro lado, sus
amigos de la universidad y la academia iban por el mismo camino que él, de
manera que Blanco se veía arrastrado hacia el sacerdocio por la fuerza del
grupo. Sublimó sus deseos de fundar una familia con el cultivo de la
literatura, y los ejercicios espirituales que hizo en el oratorio de San Felipe
Neri renovaron sus naturales sentimientos religiosos. En este estado de ánimo
recibió el subdiaconado en 1796, lo que significaba la pública aceptación del
celibato eclesiástico.
La última crisis antes
de su ordenación tuvo lugar en 1798, cuando era colegial de Santa María de
Jesús. La vida social que empezó a tener fuera del círculo de sus amigos lo
llevó a conocer y a enamorarse de una viuda joven. Los padres lo mandaron a
Cádiz para apartarlo del peligro y allí se dedicó a divertirse para olvidar.
Pero Blanco no era una persona que pudiera ser feliz con una vida desordenada y
reanimado de nuevo con los ejercicios espirituales recibió el sacerdocio el 21
de diciembre de 1799.
Durante los dos
primeros años del ministerio mantuvo su contacto con el oratorio de San Felipe
Neri y se preparó para opositar a una prebenda eclesiástica, la de magistral de
la Capilla Real de Sevilla, de la que tomó posesión el 11 de septiembre de
1801. Pero cuando empezaba a sonreírle la carrera eclesiástica le sobrevino la
crisis espiritual que le llevó a irse de España y dejar la Iglesia católica. A
los veintiséis años se encontró de repente afectivamente solo y sin ningún
gusto por la vida. La religión no era capaz de levantarle el ánimo, aunque
intentó encontrar apoyo en los escritos de Bossuet, el mejor apologista de la
época. Alguien puso en sus manos algunos libros de Rousseau y de Voltaire que
lo fueron apartando intelectualmente de la Iglesia.
Blanco señaló como comienzo de su crisis el 13 de julio de
1802, cuando predicó un sermón sobre san Fernando en la Capilla Real ante la
Brigada de Carabineros. Se trata de una fecha simbólica porque aquel sermón fue
sobre todo la ocasión de conocer a algunos militares que tenían sus mismas
dudas religiosas. Hasta entonces su crisis no se había manifestado en palabras,
pero con sus nuevos amigos salió al exterior y quedó confirmada. La muerte de
su hermana mayor en un convento con sólo veinticuatro años de edad, ocurrida en
1802, y la entrada de la hermana menor en otro dos años más tarde fueron dos
golpes serios que agravaron su crisis. La religión se le presentaba como la
mayor enemiga de la felicidad de los hombres.
Blanco empezó a buscar
una manera para salir de Sevilla e irse a un lugar donde no tuviera que ejercer
el sacerdocio.
Utilizando varias
excusas, entre ellas su salud, consiguió permisos para ir a Madrid y allí se
estableció en 1806. Hasta que no consiguió un puesto en el Instituto
Pestalozziano, fundado por Godoy, vivió muy estrechamente del escaso dinero que
le podía mandar el padre. Pero se sentía feliz por haberse librado en la gran
ciudad de la opresión eclesiástica que sufría en Sevilla y, según propia
confesión, no pisó ninguna iglesia durante sus años en Madrid. Fue asiduo a la
tertulia literaria y patriótica de Quintana, donde Bartolomé José Gallardo se
escandalizaba de la vida libre e irreligiosa de aquel cura sevillano, que
además buscaba vergonzosamente la protección del choricero. Poco
después del Dos de Mayo se escapó Blanco de Madrid y regresó a Sevilla, tras
dos años de ausencia.
En Sevilla Blanco tuvo
que volver a su puesto de capellán real, pero era ya una persona experimentada
y pragmática. Poco después de instalarse allí la Junta Central en 1809,
Quintana le encomendó junto con Antillón la redacción de la segunda etapa del Semanario Patriótico, que el mismo
Quintana había fundado el año anterior como órgano oficioso de la junta.
Blanco descubrió
entonces una nueva vocación, la de periodista político, divulgador de las ideas
de la Revolución Francesa. Cinco meses duró la etapa sevillana del periódico,
desde mayo a septiembre, porque la junta no podía tolerar ni los artículos
políticos de Blanco que propugnaban un radical cambio de régimen, ni los de
Antillón que daban a conocer la desastrosa campaña militar del ejército
nacional contra los franceses. Durante ese año de 1809 Blanco conoció y trabó
amistad con varios ingleses que habían venido a Sevilla, entre ellos lord y
lady Holland.
La salida de la Junta
Central de Sevilla con dirección a la isla de San Fernando el 23 de enero de
1810 fue más bien una vergonzosa huida ante la inminente llegada de las tropas
de José Bonaparte, de la que dicha corporación no se atrevió a anunciar al
pueblo. Blanco, que no quería verse obligado a colaborar con los franceses,
también se fue seis días más tarde para nunca más volver. Tras una breve
estancia en Cádiz, el 23 de febrero salió camino de Inglaterra, donde esperaba
vivir una vida más feliz en la que se le presentaba como cuna de la libertad.

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