Armando Palacio Valdés
nació en Entralgo, Laviana (Asturias), en 1853, aunque a los seis meses se
traslada con su familia a Avilés, donde residía su familia y donde su padre,
abogado de origen ovetense, trabajaba como abogado en las obras de dragado de la
ría.
Estos dos escenarios, el rural
y montañoso del interior, y el marítimo de Avilés, nutrirán sus experiencias
infantiles, porque, aunque la familia vive en la villa costera, se trasladan
frecuentemente a Entralgo, donde tenían diversas posesiones. Posteriormente,
cuando el novelista comience a entretejer sus obras literarias con sus
experiencias vitales, mar y montaña servirán como contrapunto humano y
paisajístico de algunas de sus historias.
En 1865 se traslada a Oviedo
para estudiar el Bachillerato, permaneciendo durante los cinco cursos en la
casa de su abuelo paterno. En los pasillos del Instituto conoce y entabla
amistad con Leopoldo Alas «Clarín», Tomás Tuero y Pío Rubín, con quienes asiste
y participa de los fervores revolucionarios de setiembre de 1868 y con quienes
comienza a interesarse por la literatura, especialmente a través de teatro que
escribía Leopoldo Alas y, en compañía de otros amigos, representaban en el
salón de la casa de uno de ellos.
En octubre de 1870 se traslada
a Madrid para estudiar Derecho, desoyendo quizás las recomendaciones de su
padre que pretendía mantenerlo al cuidado de su hacienda. Ya en su vejez, y en
un texto de trasfondo autobiográfico, recuerda este episodio con nostalgia:
«Creo que mi padre tenía razón. En último resultado me hubiera convenido más
permanecer a su lado, ayudarle en sus negocios, hacerlos prosperar y dejar
transcurrir la vida dulcemente en el pueblo.»
Desde ese momento, su vida
transcurre ligada a Madrid, donde vuelve a coincidir con Alas, Tuero y Rubín, con
los que comparte pensión y estudios, y donde, primero casi en broma -entre
todos fundan un efímero periódico titulado Rabagás- y posteriormente
totalmente en serio -vive con fruición la vida de las tertulias y teatros, del
Ateneo y de las redacciones de los periódicos-, aparte de la carrera de Leyes,
se va introduciendo, casi de soslayo, en la vida y en la profesión literaria. Su
primera vocación había sido la de catedrático, y hasta hizo sus pinitos en la
Universidad de Oviedo sustituyendo a Aramburu durante un trimestre y en la
Escuela Mercantil del Instituto madrileño de San Isidro, donde, como interino,
dio clases de Economía Política, una de sus pasiones intelectuales.
Aunque quizás lo que finalmente
orientó su carrera y posterior dedicación fue su integración en el Ateneo de
Madrid. Allí reforzó su formación con incansables lecturas -llegó a apodársele
«el terror de los bibliotecarios», pues se dice que leía hasta ocho horas
diarias-, con la participación en la tertulia de «La Cacharrería», de la que
fue fundador, y con el contacto con los intelectuales de la época. En aquellas
aulas y pasillos del Ateneo madrileño trabó amistad con Eduardo Medina,
copropietario de la Revista Europea, que le encargó escribiera algunos textos
filosóficos que fueron apareciendo en la revista, de la que posteriormente,
tras un breve paso como comentarista de internacional por El
Cronista -periódico propiedad también de Medina-, acabó siendo
director y dándole verdadero impulso durante tres largos años.
En la Revista
Europea publicó el joven Palacio Valdés reseñas de la
actualidad cultural de la época, traducciones de algunos y muy significativos textos
de contenido filosófico y religioso -entre ellos El porvenir de la religión,
de Harttmann, y El pesimismo en el siglo XIX,
de E.M. Caro- y sobre todo, una serie de semblanzas entre humorísticas y
críticas que, tras pasar por las páginas de la revista, acabarán conformando
sus tres primeros libros: Los oradores del Ateneo (1878), Los
novelistas españoles (1879) y Nuevo viaje al Parnaso (1879).
Pero esta postura crítica, en
la que a veces desplegaba determinado grado de crueldad y sobre todo una gran
dosis de ironía -compartió postura con Clarín, con quien publicó a medias La
literatura en 1881-, no satisfacía a un Palacio Valdés, de un
carácter bastante amable, y en 1881 probó suerte en la novela con El
señorito Octavio.
A partir de esta primera
novela, que conoció un éxito inmediato, ya que en menos de un año se realizaron
dos ediciones, Palacio Valdés acabó dedicándose por entero a la narrativa, con
alguna incursión esporádica en el ensayo literario, el libro de memorias o el
ensayo histórico.
A pesar de su estancia en
Madrid, que ya no abandonaría como residencia hasta su muerte, Palacio Valdés
vuelve una y otra vez a Asturias, donde tiene su familia, sus amistades y donde
acaba encontrando el amor. Tras un breve noviazgo que se había iniciado en la villa
marinera de Candás, donde pasaba unas vacaciones con Leopoldo Alas, el 4 de
octubre de 1883, el mismo día en que cumplía 30 años, se casó con Luisa
Maximina Prendes Busto, una joven gijonesa que moriría al año y medio de
matrimonio, dejándole un hijo y un recuerdo permanente que trasladaría
posteriormente a una de sus novelas más emblemáticas, Maximina (1887).
Tras el fallecimiento de su
esposa, Palacio Valdés abandona la llamada vida literaria, el mundo de las
tertulias, los salones y los teatros, y se dedica de lleno a su obra narrativa.
En poco más de dos décadas, en el espacio que media entre 1881 y 1903, publica
el grueso de su obra novelesca, entre las que deben anotarse un buen número de
obras muy significativas en el panorama literario de la época y en la
trayectoria de su autor: Marta y María (1883), Riverita (1886), El
cuarto poder (1883), La hermana San Sulpicio (1889), La
espuma (1891), La fe (1892), El
maestrante (1893), Los majos de Cádiz (1896), La
alegría del capitán Ribot (1899) o La aldea perdida (1903).
Con la publicación de esta novela, en la que su autor parece dar un quiebro a
su evolución y se replantea, con un acercamiento al horizonte modernista,
algunos de sus procedimientos estilísticos y, sobre todo, con la aparición tres
años más tarde de Tristán o el pesimismo, en la que reafirma las perspectivas
ideológicas y estilísticas de La aldea perdida, Palacio Valdés, que ya ha
pasado la frontera de los 50 años y ha contraído matrimonio en segundas nupcias
tras un periodo de convivencia extramarital de ocho años, decide abandonar la
narrativa, en la que sin embargo volverá a recaer con obras menores, como Santa
Rogelia (1926) o Sinfonía pastoral (1931),
alternándolas con libros de distintos calado e intención, como su autobiografía
infantil y juvenil, La novela de un novelista (1921),
o su libro de recuerdos y reflexiones literarias, Testamento literario (1929),
en el que resume sus puntos de vista sobre el arte literario, que previamente
había desplegado en algunos artículos y prólogos a sus propias novelas. De este
periodo último son también los tres libros que integran el ciclo del «Doctor
Angélico» -una miscelánea y dos novelas- en los que su autor, a través de la
ficción, parece darnos algunas claves autobiográficas en las que domina el
pesimismo junto a una nostalgia que generalmente se acentúa con el humorismo
que de siempre ha caracterizado a su autor.
En cualquier caso, este
conjunto de libros, especialmente sus novelas, que en algunos casos alcanzaron
cifras de ventas muy destacables y que fueron traducidas a todos los idiomas,
encumbraron a su autor en el panorama literario de la época y, sobre todo a
partir de comienzos del siglo XX,
le valieron homenajes y reconocimientos de todo tipo. A partir de la muerte de
Galdós, fue unánimemente considerado Patriarca de las Letras Españolas, título
honorífico que, si bien no añadía nada a su carrera y reconocimiento, servía
sin embargo para subrayar su fama y popularidad, que en muchos casos fue
ciertamente considerable.
Tras ser elegido académico de
la Lengua en 1906, ocupando el sillón que ese mismo año había quedado vacante
con la muerte de José M.ª de Pereda, comenzó su época más popular. Ese mismo
año los universitarios de Oviedo le rindieron un homenaje en el teatro
Campoamor en el que participaron figuras como Unamuno, Fermín Canella o un
entonces jovencísimo Ramón Pérez de Ayala. A partir de éste, son numerosos los
homenajes que en distintos lugares se le rinden: Marmolejo, Valencia, Madrid...
y, cómo no, su pueblo natal, Laviana, que inaugura una Avenida denominada
Palacio Valdés, y Avilés, que rotula con su nombre una de sus más emblemáticas
calles y que inaugura un teatro llamado precisamente Teatro Palacio Valdés en
1920, momento en el que se le condecora con la Orden de Alfonso X.
La capital asturiana, Oviedo, le nombra hijo adoptivo, al igual que Sevilla,
agradecida por haberla elegido como escenario de una de sus novelas más
populares, La hermana San Sulpicio, de la que se han
realizado hasta tres versiones cinematográficas, las dos primeras de ellas, una
muda de 1927 y otra sonora de 1934, con Imperio Argentina como protagonista. El
cine, a pesar de las reticencias iniciales del propio Palacio Valdés, ayudó a
popularizar sus obras, que se han versionado hasta en trece ocasiones.
Esta fama y reconocimiento que
llegó a conocer en nuestro país tuvo su correlato también en el extranjero
-llegó a decirse en la época que era más conocido fuera de nuestras fronteras
que en España y que el propio Palacio Valdés escribía con tal objetivo-,
especialmente en los Estados Unidos y en Francia, donde desde 1908 pasaba parte
del año, especialmente los veranos, en un chalé -denominado «Marta y María» en
recuerdo de una de sus primeras novelas- en la localidad de Capbreton, en Las
Landas, y donde compartía tertulia y amistad con significados escritores de la
época, como Paul Margueritte. Con motivo de la primera guerra mundial, fue
enviado por el diario El imparcial como
corresponsal a París, desde donde envió una serie de crónicas de sentido
carácter aliadófilo que posteriormente sería recogidas en el libro La
guerra injusta (1917).
Fue dos veces nominado al
Premio Nobel, en 1927 y 1928, aunque en el primero de estos años, a pesar de la
campaña mediática e institucional que se desplegó a su favor, su candidatura
llegó fuera de plazo y no fue considerada por la Academia Sueca, que al año
siguiente sí la tuvo en cuenta, aunque finalmente otorgara el premio a la
noruega Sigrid Unset.
Pero no todos fueron luces en
estos años finales de su vida. Mientras se le homenajeaba en distintos ámbitos
y lugares, como hemos visto, su vida personal sufría distintos reveses. En
enero de 1920 moriría su nuera. Dos años más tarde, su único hijo, quedando al
cuidado del novelista las dos hijas de éste. El propio novelista hubo de
superar una grave enfermedad que hace temer por su vida durante meses y un
accidente que le mantiene imposibilitado y le obliga a utilizar bastón durante
años. Todo ello, acompañado de la enfermedad de su esposa, que le produce no
pocos contratiempos. Sin embargo, supera todas estas adversidades personales y
se adentra en los años 30 con cierto optimismo, que se refleja en sus últimas
obras, sobre todo, en Sinfonía pastoral, hasta
que, en el Madrid cercado de la guerra civil, víctima de las privaciones
inherentes a las condiciones del cerco y de su propia edad, 84 años, fallece el
29 de enero de 1938. Sus restos fueron depositados en el cementerio de La
Almudena, de Madrid, hasta que en 1945, cumpliendo la voluntad del novelista,
fueron trasladados al cementerio de La Carriona, en Avilés, donde reposan bajo
un hermoso monumento funerario del escultor Jacinto Higueras.


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