En 1592, a instancias
de Felipe II, se instituyó, en Sevilla, el Colegio de San Gregorio, para
jóvenes ingleses, hijos de padres católicos, que quisiesen seguir los
estudios eclesiásticos en España, haciendo voto de volver a Inglaterra
"como ministros del Evangelio, párrocos y pastores de los católicos
ocultos en aquel Reino por la persecución". Se erigió el Colegio con
bula de Clemente VIII, "con facultad de graduarlos en todos los grados
de literatura que se dan en las Universidades". Estudiaban aquí
Filosofía, Teología Escolástica, "y las controversias en defensa de los
sagrados dogmas de nuestra fe santa. Por ella son muchos los colegiales
de este Colegio que han padecido martirio en Inglaterra".
Tanto el colegio de los
ingleses como el de los irlandeses quedaron bajo la supervisión de la
Compañía de Jesús, aunque con rectores propios. Los conflictos,
políticos y económicos, provocaron que fuese ordenado el último
estudiante inglés en 1697. Tras dos décadas sin ejercer función, los
irlandeses (a quienes no faltaban postulantes) se hicieron cargo del
centro que, a pesar de todo, siguió siendo conocido como “colegio de los
ingleses”.
Con motivo de la
expulsión de España de la Compañía de Jesús en 1767 por orden de Carlos
III, el edificio pasó a ser propiedad del Estado. Más tarde radicó en
él la Real Sociedad Médica de Sevilla, entidad fundada en el año 1.697.
Los frailes mercedarios obtienen hasta la actualidad la cesión de la
iglesia, con el compromiso de colocar las imágenes en el Retablo Mayor.
La iglesia pública de
estos años era de tamaño mediano y contaba con tres naves separadas
por arcos de medio punto apoyados sobre columnas de mármol blanco, con
un altar principal formado por lienzos, representando el central al
papa san Gregorio Magno, titular del templo.
Exteriormente la iglesia
presenta una imagen muy sobria, cuyo elemento más relevante es un
sencillo y amplio hueco de acceso, ligeramente abocinado, adaptado para
las salidas procesionales. Presenta una moldura que le hace parecer un
arco conopial, aunque en realidad es simplemente rectangular, sin dintel
y con las esquinas redondeadas.
Entramos en el templo y comprobamos que las tres naves están separadas por columnas de mármol blanco que sostienen arcos de medio punto. Al fondo vemos el altar mayor, que muestra tan solo la Custodia y la figura del Cristo Yacente, sin más adornos ni acompañamiento. Los techos de las naves son rasos, encontrándose el coro elevado, sobre la entrada a la iglesia.
Tras entrar, giramos a
nuestra derecha, comenzando el recorrido por los pies de la nave de la
Epístola y haciendo el resto del trayecto en sentido contrario a las
agujas del reloj.
A los pies de la nave,
sobre un confesionario, vemos una vidriera moderna con motivos
geométricos. En la nave del Evangelio se repite la misma disposición.
Ya en el muro de la Epístola se sitúa un retablo dedicado a “San Serapio", mártir, abogado de la salud”, como reza el texto grabado en la peana.
Le sigue un retablillo con figura moderna de San Pancracio, de pequeño tamaño.
Después aparece el retablo de San Pedro Pascual, abogado de los estudiantes, como nos indica el rótulo situado a sus pies.
Nuevo retablillo, en esta ocasión con la efigie de la Virgen de Fátima, advocación bastante arraigada en la ciudad.
El retablo de San José con el Niños, aún más frecuente en nuestras iglesias, es el que sigue.
La parte final del muro
acoge un crucificado de tamaño menor al natural y, a su lado, un lienzo
de gran tamaño que nos muestra a un fraile mercedario con báculo y
grilletes a sus pies. La
capilla de la cabecera de la nave de Epístola está cubierta por una
gran cortina de damasco rojo, ignoro si de manera provisional o
permanente.


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