Ubicado en la plaza de San Ildefonso, el inmueble posee una planta casi cuadrangular, con tres fachadas exteriores. El acceso al convento se realiza a través de un vano que se localiza en el frente correspondiente a la plaza de San Ildefonso, y que da paso a un pequeño compás. Este posee dos galerías con pequeños pilares metálicos y una tercera con columnas. En su perímetro se encuentran la puerta reglar y los locutorios, así como el torno.
Tras la citada puerta reglar, mediante un acceso en recodo se pasa al
claustro. Éste, también llamado «patio grande» o «patio central», posee
una estructura romboidal, con doble galería de arcos peraltados en
planta baja y de medio punto en planta alta. Las galerías están
soportadas por columnas de mármol, y se enmarcan con alfices. Los muros
del claustro, por su parte, están revestidos con azulejos de cuenca, que
alternan con otros lisos. En el centro del patio, se localiza una
interesante fuente poligonal, con tazón central.
Alrededor del citado claustro se sitúan las principales dependencias del
convento, dispuestas en sus diferentes alas: La iglesia y el coro bajo,
la sacristía interior, la sala capitular, el refectorio y el despacho
de la abadesa.
La actual iglesia, construida a fines del siglo XVI, posee estructura de cajón, con los coros alto y bajo a los pies. La nave se cubre con bóveda de cañón con lunetos, formando cuatro tramos entre arcos fajones. El presbiterio, que queda diferenciado de la nave mediante un gran arco de triunfo decorado con pinturas, se cubre con una cúpula semiesférica sobre pechinas. En el muro derecho del presbiterio se localiza el vano de acceso a la sacristía llamada <de afuera>.
A los pies de la iglesia se encuentra el muro de cerramiento que separa la nave del coro bajo; está articulado por medio de pilastras y de un gran vano de medio punto, cerrado con una artística reja, en su parte central. A ambos lados del citado vano se abren dos portezuelas adinteladas, que dan paso al coro bajo. Este espacio se cubre con tres tramos de bóvedas de cañón con lunetos. El coro alto, por su parte, posee una estructura similar y presenta una gran celosía de madera.
En el interior del templo, además de los interesantes bienes muebles que posee, destaca un magnífico cancel, fechado en 1729. La sala capitular, situada en el ala del claustro perpendicular a la iglesia, es el resultado de una subdivisión efectuada en la nave de los antiguos dormitorios. Se trata de un espacio rectangular, con cubierta adintelada y vigas de madera.
En la planta alta se localizan los antiguos dormitorios.
El refectorio, por su parte, se localiza en el ala derecha del claustro.
Posee planta rectangular y se cubre con un sencillo artesonado fechado a
comienzos del siglo XVII. Sobre el citado refectorio se han dispuesto
las actuales celdas-dormitorios, aunque existen otras distribuidas de
manera dispersa por todo el convento.
En el inmueble destaca el sector que comprende la esquina entre la calle
Zamudio y la Plaza de San Ildefonso, conocido como <del obrador>.
En este ámbito se sitúan las dependencias utilizadas para la
fabricación de los dulces típicos de este convento, alrededor de un
patio denominado <de San José>.
Otro núcleo interesante lo constituye el noviciado. Este, que se
organiza también en torno a un patio, se localiza al fondo de la parcela
formando fachada con la calle Caballerizas.
Junto a este sector se sitúa la cocina (paralela al refectorio) y la
vivienda del capellán (a un lado de la zona del compás, con fachadas a
la calle Caballerizas). No lejos de estas dependencias se encuentran los
lavaderos, aún utilizados a pesar de su antigüedad, y en los que
destaca un hermoso patinillo con columnas.
En el sector de la calle Imperial se encuentra un pequeño patio llamado
<de la Cruz>. Posee doble arquería y alrededor se alojan la
enfermería y la antigua cocina de la misma.
Por último, y frontero con el jardín de la Casa de Pilatos, se localiza
el jardín conventual. Éste, de apreciables dimensiones, cuenta con pozo y
fuente, así como edificaciones relacionadas con su mantenimiento.
Al exterior, el conjunto posee tres fachadas. La principal, que se localiza en la plaza de San Ildefonso y la calle Caballerizas, presenta sus paramentos encalados y una serie de vanos adintelados. En ella destaca la portada de acceso al convento, muy sencilla.
La fachada correspondiente a la plaza de San Leandro y a la calle
Zamudio incluye la portada de acceso a la iglesia. Esta se compone de un
vano de medio punto enmarcado por pilastras toscanas, rematado por un
frontón triangular roto. En el centro del mismo se sitúa el escudo de la
Orden Agustina, mientras que a ambos lados aparecen dos remates
piramidales coronados con bolas. El conjunto se remata mediante un
frontón curvo coronado con una cruz.
La tercera fachada, ubicada en la calle Imperial, presenta un esquema
semejante a las anteriores, con sus paramentos encalados y vanos
adintelados.
Ortiz de Zuñiga afirma que el origen del convento de San Leandro se remonta «casi al tiempo de San Fernando». Las noticias documentales dan constancia de la existencia de un monasterio de agustinas en Sevilla durante el reinado de Fernando IV (1295-1312), puesto que este rey recibió al monasterio bajo su patrocinio por cartas plomadas fechables el 15 de agosto y 8 de noviembre de 1309. Este primer establecimiento estuvo en el paraje conocido en la época como «Degolladero de los Cristianos», extramuros de la ciudad, por la Puerta de Córdoba, aproximadamente donde luego se estableció el Convento de Capuchinos. Las monjas no estaban satisfechas con el lugar, alejado de la ciudad y blanco de frecuentes pillajes y asaltos de ladrones y maleantes.
Las monjas terminaron por abandonar el convento; el rey Fernando IV, enterado de ello, rogó a la Abadesa Dª Lorenza que permaneciera allí y para convencerla lanzó drásticas proclamas dirigidas a los que atentasen contra la comunidad. Estas acciones reales no sirvieron de nada y los abusos contra el convento siguieron produciéndose.
Por fin, en 1367, el rey Pedro I de Castilla emitió una Real Licencia para que la comunidad de agustinas pudiera trasladarse intramuros de la ciudad, concretamente a la collación de San Marcos, a una de la calle de los Melgarejos. Aquí se inició rápidamente la vida conventual, aunque el espacio disponible presentaba problemas insolubles. Consciente el rey de tales dificultades ofreció a la abadesa unas casas junto a la antigua parroquia de San Ildefonso. Esta cesión tuvo lugar en 1369. La extensión del conjunto de casas era considerable y muy pronto edificaron una iglesia. Los trabajos de ésta iniciados en 1369, así como la adaptación del caserío a fines conventuales, terminaron en 1377. A partir de entonces el convento se vió favorecido por multitud de mercedes otorgadas por la realeza.
A fines del siglo XVI conoce el convento un momento de auge que se
plasma en la obra de remodelación del convento y la elevación de una
nueva iglesia. Las obras continuaron a comienzos del siglo XVII con la
decoración de la iglesia y otras dependencias principales del convento.
A mediados del siglo XVIII se registra una nueva renovación en el
convento y sobre todo en su iglesia, dotándola de un nuevo retablo
barroco.
El siglo XIX marca para el convento de San Leandro una fase de franca decadencia. Sin embargo, a pesar de los graves acontecimientos políticos y revolucionarios, el establecimiento conventual siguió adelante manteniendose con las exiguas dotaciones del Arzobispado y, sobre todo, con la venta de las famosas «yemas de San Leandro».

No hay comentarios:
Publicar un comentario